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lunes, 10 de noviembre de 2014

panna cotta de café

Cremosa, con un pronunciado sabor a café y constelación de vainilla; los que amamos esta bebida encontramos en esta receta otra forma de seguir consumiéndola en dosis razonables, cuando empieza a hacer calor. Y les diría que, incluso, a los que les resulta indiferente pueden encontrarle una vuelta de tuerca a su sabor en este simple postrecito. 
Yo prefiero hacerla en moldes chicos porque —aunque no parezca es contundente pero todo depende de la gula de cada uno y de cómo se sirva: como postre o simple bocado dulce cuando el azúcar nos reclama.

Se prepara en 15 minutos y en unas pocas horas está lista.




















































Ingredientes

Aceite para los moldes
Crema 400 ml
Chaucha de vainilla 1
Azúcar negro 55 g
Café instantáneo 4 g*
Gelatina sin sabor en polvo 4 g*

Preparación

1- Aceitan ligeramente 6 moldes chicos. Es preferible usar moldes de acero inoxidable o metálicos para que sea más fácil desmoldarlas.
2- En una cacerola ponen la crema con la chaucha de vainilla, a fuego moderado durante 5 minutos. Añaden el azúcar, suben un poco el fuego y la dejan hasta que esté humeante, pero cuidando que no hierva. Cuando empieza a hervir, la retiran del fuego. Esperan un minuto y, luego, retiran la chaucha de vainilla.
3- En otro recipiente chico de vidrio, disuelven el café y la gelatina con 3 cucharadas soperas de agua tibia; tiene que quedar todo muy bien disuelto.
4- Cuando la crema ya está tibia, añaden unas cucharadas a la gelatina previamente disuelta con el café y revuelven bien para que todo bien incorporado. Luego, la añaden a la crema y revuelven nuevamente.
5- Dejan entibiar 5 minutos, mezclando un poco para que no se forme una piel.
6- Vierten la crema en los moldes mezclando cada vez para repartir bien las semillas de la vainilla y la dejan en la heladera, por los menos 3 horas, cubierta con film (el film no tiene que estar en contacto con la crema). 


viernes, 31 de octubre de 2014

oishikatta desu



Kioto al mediodía. 

Hicimos unos pocos pasos a la salida del templo Eikan-dō, buscando algún lugar donde almorzar. Habíamos estado caminando toda la mañana desde temprano y ya estábamos un poco cansados, con un poco de calor y otro poco de hambre. No se veían muchos negocios por ahí; apenas esas máquinas expendedoras de bebidas que se encuentran en casi todos lados, pero, claro, nosotros no íbamos a empezar la dieta líquida justo ese día; queríamos sentarnos tranquilos un rato a comer y a descansar.
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