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miércoles, 3 de febrero de 2016

un libro y un cuenco de uvas





Un día I. nos trajo uvas blancas; otro día, al año siguiente, volvió a traernosy, desde entonces, pasó a ser un momento esperado, una suerte de celebración elegida. 

Hace ya tres veranos seguidos que I. nos trae uvas de la parra de su casa; uvas de un color y de un sabor que no encontré nunca en ninguna frutería. Hace unas semanas, pensé que este año no iba a traernos o que se iba a olvidar porque 2015 fue muy duro para ella, pero por su suerte me equivoqué y apareció una vez más con un tupper enorme repleto de racimos.  

Esta vez no cociné nada, solo les saqué las semillas, las espolvoreé con un poco de azúcar rubio y, una vez que soltaron su jugo, les puse unas cucharadas de ron. Esperé un rato, porque como dice ella "no hay que apurar las cosas; las que venden en la frutería no están maduras por eso no son ricas" y me fui a leer un libro. Cuando lo abrí, me reí viendo al gato que mira la luz filtrándose entre las hojas: me vi a mí misma con ganas de saltar a la parra para dar el zarpazo. Sin embargo, me contuve y seguí leyendo hasta que estuvieron maceradas y listas para comer. Una cucharada gorda de queso crema completó el bol más fresco y rico del universo.








*Este año, yo le di a probar mis cerezas y se llevó un frasco.

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